Corría el año 1910 cuando fue encontrada, en un modesto cuarto de un edificio del Bulevar Port-Royal de París, una muchacha, ahorcada. Se llamaba Tatiana Rachevskaia, era rusa y tenía 23 años. Había nacido en Kiev, era pariente de Tolstoi y, por ser anarquista, había estado encarcelada un tiempo en su ciudad. Logró fugarse a París, alquilar una pieza allí y comenzar estudios de Medicina. Cuentan que no sólo era bella, sino también muy inteligente. Estaba perdidamente enamorada, pero se trataba de un amor clandestino y, por lo tanto, sin futuro. El que la había seducido era un médico rumano que trabajaba en el Instituto Pasteur, que le llevaba 12 años y que le daba clases de Francés. Su nombre era Salomon Marbais (oriundo de la ciudad de Ploiesti, Rumania, y cuyo apellido, en realidad, era Marbe). Su relación fue muy intensa, pero vedada para la moral de la época, por lo cual, en un momento, tuvo que cortarse. Tatiana no pudo soportar la separación y decidió poner fin a su vida durante una noche lluviosa de noviembre de aquel año.

El Dr. Marbais se hizo famoso tiempo después, por investigar el tema de las vacunas. Inventó una contra la tuberculosis, otra contra el paludismo y parece que curó a numerosas personas, salvando muchas vidas. Pero, como sus vacunas no estaban aprobadas, fue acusado de ejercicio ilegal de la medicina y, varias veces, apresado. A pesar de eso, el hombre seguía empecinado en la bondad de sus vacunas. Fue tal la conmoción alrededor de ese caso, que se llegó a publicar, en Francia, un libro titulado “El escándalo de la vacuna Marbais”.

En cuanto a Tatiana, era hija única, una muchacha muy sensible y emocionalmente inestable, según la opinión de su amante.

Se cuenta que la madre de la joven, deshecha por su pérdida, le pidió al médico rumano que le recomendara a alguien que hiciera una piedra funeraria para su hija. Marbais era amigo de un compatriota, un escultor completamente desconocido y sin recursos, que apenas podía subsistir en París. Se trataba de Constantin Brancusi. El médico le pagó a su amigo la irrisoria suma de 200 francos, encargándole una escultura especial para la tumba de su enamorada.

Brancusi accedió a ese encargo y dio forma, en un solo bloque de piedra, a la obra, hoy famosa, titulada “El Beso”. Talló a dos enamorados, abrazados simbióticamente y unidos así por la eternidad.

La escultura fue ubicada sobre la tumba de Tatiana, en el cementerio de Montparnasse, un año después. Allí permaneció silenciosa y olvidada durante décadas.

En ese largo período, Brancusi se transformó en el artista genial que fue, llegando a ser considerado uno de los más grandes escultores del mundo. En 1957 falleció en París, a la edad de 81 años y fue enterrado precisamente en el Cementerio Montparnasse, a 70 metros de la tumba de la joven Tatiana. Nunca más, el autor había vuelto a ver su creación

Si uno visita hoy ese cementerio, se encuentra con esa obra que, actualmente, está tasada en 80 millones de euros.

El Beso estuvo allí 115 años, sin que nadie reparara en él, encerrando una de las más conmovedoras historias de amor del siglo XX y uno de los trabajos más extraordinarios de Brancusi. La escultura está constituida por dos figuras adheridas, un hombre y una mujer. “Un relieve para los brazos y las piernas mantiene el ritmo del conjunto”-escribió el crítico de arte Ionel Jianou, rumano-francés también. “El abrazo no falta de determinación, pero el bloque de piedra, así trabajado, permanece en los limbos de una inmovilidad arquitectónica”.

La escultura de Brancusi se contrapone casi al famoso Beso de Rodin, “en la medida en que el gesto no es desenfrenado como aquel, sino que está encerrado en la geometría del volumen. Los cuerpos no tienen la clásica belleza y sensualidad de Rodin, sino que están reducidos a un esquema que se casa con la forma del bloque de piedra. La obra adquiere así una gracia y una pureza muy emotivas. Y concluye Jianou: “El Beso encarna una idea: el principio de la dualidad que engendra la vida”.

Según el historiador de Arte británico, Rudolf Wittkower, la obra “esboza sintéticamente la presencia de dos figuras abrazadas que se besan. Sin embargo, Brancusi suprimió cualquier asomo de subjetividad (…) Basó la expresividad de la obra en la riqueza de su condición primaria: en la escultura como forma, como materia. De allí su apariencia simple y arcaica, que sin duda, es intencional”.

Todos conocemos el poder de síntesis del arte de Brancusi, la influencia primitiva africana y también la budista que marcaran su estilo. Tanto en el mármol, como en la piedra o en el metal, lo arquetípico domina la refinada y depurada visión de sus criaturas. Por algo fue llamado “El escultor de Mitos”.

En 2005, L’oiseau dans l’espace fue vendida en Nueva York en casi 28 millones de dólares. En ese momento, un marchand de arte parisino se acordó de que El Beso seguía estando en el cementerio de Montparnasse. Se conectó con los herederos de Tatiana Rachevskaia que vivían en Ucrania y les comentó que, sin saberlo, tenían un verdadero tesoro sobre la tumba de su tatarabuela. Comenzaron los juicios. 18 años de trámites legales. Finalmente el Estado francés declaró El Beso monumento histórico. Los herederos insistían en querer venderlo, pero ya en el año 2021 el Concejo del Estado francés decidió que El Beso “ha de quedarse para siempre sobre la tumba de Tatiana, porque es indivisible del amor que promovió esa obra”.

Actualmente, en la necrópolis, El Beso está vigilado por una alarma y tres cámaras.

Constituye el monumento funerario más caro y valioso del mundo. Fue esculpido por las manos de un pastor de ovejas rumano, pobre y magistral, a pedido de un médico muy peculiar y a instancias de una madre desesperada. Está allí para honrar “in saecula saeculorum” a esa joven rusa, suicidada por amor.

No lejos de esa obra maestra, los restos de su creador descansan en la supuesta paz de los cementerios.

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Alina Diaconú – Nacida en Bucarest (Rumania), es autora de más de 20 libros y colaboradora de Clarín, La Nación, Perfil y LA GACETA.